
– Uno, dos, uno, dos, tres. Ah, sí, funciona; espera, lo intentaré de nuevo… ¿Sigues pensando en ella?
– A veces -contestó Arthur.
– ¿A menudo?
– Un poco por la mañana, un poco a mediodía, un poco por la tarde y un poco por la noche.
– Hiciste bien marchándote a Francia para olvidarla: ¡pareces completamente curado! ¿Y los fines de semana también piensas en ella?
– No he dicho que me impidiera vivir. Querías saber si pensaba en ella y yo te he contestado, eso es todo. He tenido aventuras, si eso te tranquiliza; y ahora cambia de tema, no me apetece hablar de ello.
El coche circulaba hacia la bahía de Monterrey y Paul contemplaba las playas del Pacífico, que iban desfilando al otro lado del cristal; los kilómetros siguientes transcurrieron en silencio.
– Espero que no intentarás volver a verla -aventuró.
Arthur no dijo nada y un nuevo silencio se instaló a bordo.
El paisaje alternaba playas y marismas, que el trazo de asfalto de la carretera ribeteaba. Paul apagó la radio porque crepitaba cada vez que pasaban entre dos colinas.
– ¡Acelera, nos vamos a perder la puesta de sol!
– Llevamos dos horas de ventaja y, además, ¿desde cuándo tienes un alma tan bucólica?
– ¡Pero si a mí me da lo mismo el crepúsculo! ¡Lo que me interesa son las chicas que están en la playa!
El sol declinaba y sus rayos se filtraban entre las estantería de una pequeña biblioteca que ocultaba una ventana en el ángulo del salón. Lauren había dormido gran parte de la tarde. Miró el reloj y fue al cuarto de baño. Se refrescó la cara bajo el chorro de agua, abrió el armario y dudó ante un pantalón de jogging. Apenas tenía tiempo de ir a correr a Marina si quería volver a tiempo a la guardia de noche, pero necesitaba airearse.
Se vistió. Tanto peor si no cenaba: sus horarios eran absurdos, ya picaría algo de camino. Pulsó la tecla del contestador telefónico. Un mensaje de su novio le recordaba que aquella noche debían asistir los dos a la proyección del último documental que él había realizado. Borró el mensaje antes de que la voz de Robert tuviese tiempo siquiera de precisar la hora de la cita.
