
Hacía un cuarto de hora largo que el Ford había salido de la carretera N.° 1. Los contornos de la propiedad se recortaban a lo lejos, sobre la colina; Arthur giró en el desvío y tomó la dirección de Carmel.
– Tenemos todo el tiempo del mundo, dejemos antes las bolsas -dijo Paul.
Pero Arthur se negó a dar media vuelta: tenía otra cosa en la cabeza.
– Debería haber comprado pinzas para tender la colada -continuó Paul-. Suponiendo que consigamos abrirnos camino entre las telas de araña, la casa olerá un poquitín a cerrado, ¿no?
– Hay momentos en que me pregunto si crecerás alguna vez. La han limpiado regularmente, incluso hay sábanas nuevas en las camas. En Francia tienen teléfono, ¿sabes?, y también ordenadores, Internet y televisión. ¡Sólo en la cafetería de la Casa Blanca creen que los franceses no tienen agua corriente!
Se metió por un camino que trepaba hacia lo alto de una colina; ante ellos apareció la verja de hierro forjado del cementerio.
En cuanto Arthur bajó del coche, Paul ocupó el asiento del conductor.
– Dime, en esa casa mágica que se mantiene en condiciones mientras tú no estás, ¿no se habrán puesto de acuerdo el horno y el frigorífico para prepararnos la cena?
– No, para eso no hay nada previsto.
– Bueno, pues habrá que hacer unas compras antes de que todo esté cerrado. Vendré a buscarte -dijo Paul con voz alegre-; además, prefiero dejarte unos momentos de intimidad con tu madre.
Había una tienda de ultramarinos a dos kilómetros. Paul prometió regresar enseguida. Arthur vio alejarse el coche entre nubes de polvo, dio la vuelta y caminó hacia el umbral de la verja. La luz era suave y el alma de Lili parecía planear a su alrededor, como tantas veces desde su muerte. Al final del sendero, encontró la lápida blanqueada por el sol.
