Arthur cerró los ojos; el jardín olía a menta. Se puso a hablar en voz baja…

«Recuerdo un día en el jardín de las rosas. Yo estaba jugando sentado en el suelo; tendría seis o siete años. Era el inicio de nuestro último año. Tú saliste de la cocina y te instalaste bajo el porche. Yo no te vi. Antoine había bajado al mar, así que yo aprovechaba su ausencia para jugar a lo prohibido. Cortaba los rosales con sus tijeras de podar, demasiado grandes para mis manos. Tú abandonaste el balancín y bajaste los peldaños de la escalera para protegerme de la herida que se avecinaba.»Al oír tus pasos creí que ibas a gritar, porque había traicionado la confianza que a ti te gustaba darme; creí que me arrebatarías la herramienta como se quita una medalla a quien ya no es digno de ella. Pero nada de eso; te sentaste cerca de mí y me miraste. Luego cogiste mi mano y la guiaste a lo largo del tallo. Con la voz enternecida por las sonrisas, me dijiste que siempre había que cortar por debajo del capullo, pues si no se corría el riesgo de herir a la rosa; y un hombre jamás debe herir a una rosa, ¿no es así? Pero ¿quién piensa en lo que hiere a los hombres?

«Nuestras miradas se cruzaron. Me pasaste el dedo por debajo de la barbilla y me preguntaste si me sentía solo. Yo agité la cabeza para decir que no, con toda la fuerza que hace falta para ahuyentar una mentira. No siempre podías alcanzarme en el abismo de nuestras edades, que yo poblaba a mi manera. Mamá, ¿crees en un destino que nos empuja a reproducir los mismos comportamientos de nuestros padres?

»Recuerdo tus palabras en la última carta que me dejaste. Yo también he renunciado, mamá.

»No imaginaba que se pudiera amar como yo la he amado. Creí en ella como se cree en un sueño. Cuando se desvaneció, yo desaparecí con ella. Pensé que actuaba por valentía, por abnegación, pero podría haberme negado a escuchar a todos aquellos que me ordenaron que no la volviese a ver.



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