
– Las niñas…
– Ahora no, Eddie. Vamos a ver al padre primero, ¿está bien?
El padre Kuzdek abrió él mismo la puerta; era un polaco de constitución robusta, que comenzaba a quedarse calvo; iba vestido con una sotana negra. Apenas rebasaba los cuarenta años y usaba anteojos con arillo metálico como los del presidente Truman, que enmarcaban los lados de su cara rosada y redonda.
– Con, Eddie… ¿Qué sucede?
– Hubo un accidente, padre -explicó Conrad-. Se trata de Krystyna. El tren arrolló su auto.
El padre se quedó inmóvil.
– Kyrie eleison -susurró. Señor, ten piedad de nosotros-. ¿Está muerta?
Conrad sólo pudo asentir.
El padre pasó un rollizo brazo sobre los hombros de Eddie.
– ¡Ay, Eddie, Eddie! ¡Qué tragedia! Es terrible. Tan joven tu Krystyna y tan buena mujer.
El padre hizo la señal de la cruz en el aire sobre la cabeza de él y murmuró algo en latín. Colocó sus dos enormes manos sobre la cabeza de Eddie y siguió rezando; terminó de hacerlo en inglés.
– Que el Señor te bendiga en esta hora de dolor -el padre dejó caer las manos sobre los hombros de Eddie y continuó-: Te pido que recuerdes, hijo mío, que no nos toca juzgar cuándo o por qué el Señor elige llevarse a aquellos que amamos. El tiene sus razones, Eddie.
Eddie, que todavía lloraba, movió la cabeza. El padre bajó las manos y le preguntó a Conrad:
– ¿Dónde fue?
– En la intersección del camino ochenta y nueve del condado y la carretera setenta y uno, al norte del pueblo.
– Voy por mis cosas.
El padre Kuzdek regresó con su birreta negra y una pequeña maleta de cuero en la que guardaba los santos óleos. Lo siguieron a la cochera. Sacó su Buick negro dando marcha atrás; Eddie subió al asiento delantero y Conrad al de atrás.
El padre giró hacia la izquierda en la carretera. Mientras conducía hasta el lugar del accidente, les pidió que oraran juntos y así lo hicieron.
