
– Ya la vi.
Adelante, a la derecha, el brazo del marcador blanco brillaba claramente contra el prístino azul del cielo. Cy levantó la mano y tiró de la cuerda. El ruido del silbato de vapor resonó en sus oídos con su largo gemido: dos largos, uno corto y otro largo… era la advertencia para un cruce público.
El poste con la señal pasó a toda prisa a su lado y el largo gemido terminó, lo que los dejó inmersos en un relativo silencio.
– Así que -continuó Cy- supongo que tu muchacho va a trabajar para el ferrocarril si no lo… -de repente se interrumpió y se tensó al mirar hacia el camino-. ¡Dios mío! ¡No va a pasar!
Un auto había dado vuelta en la carretera setenta y uno y se aproximaba a toda velocidad desde la izquierda, dejando una nube de polvo; pretendía ganarle el paso al tren en el cruce.
Por un instante los hombres vieron la escena; luego Cy gritó:
– ¡Un auto en el cruce! ¡Frena!
Merle saltó de inmediato sobre los frenos de aire. Cy sujetó la palanca Johnson y tiró de ella con todas sus fuerzas. Con la otra mano tiró del cable del silbato de vapor. La maquinaria dio marcha atrás y los frenos se accionaron. Desde la locomotora y hacia el resto del tren todo se tornó un chirrido ensordecedor. El vapor silbó como si se hubiera abierto la puerta del infierno.
– ¡Sujétate, Merle! ¡Vamos a golpearlo! -gritó Cy.
– ¡Jesús, María y José! -exclamó Merle mientras el tren patinaba y rechinaba y el auto se dirigía a toda velocidad hacia su destino
A los treinta metros estuvieron seguros.
Cuando llegaron a veinte se sujetaron.
A los diez pudieron ver al conductor.
– ¡Dios mío! Es una mujer -señaló Cy. O lo pensó. O rezó.
Luego chocaron.
Hubo un ruido ensordecedor, los cristales volaron. El metal se arrugó cuando el Ford gris modelo cuarenta y nueve quedó prensado contra el guardarrieles. Salieron disparados por las vías; el auto accidentado se plegó sobre la reja metálica mientras varios trozos del mismo se arrastraban medio arrancados, surcando la tierra y extendiendo los restos a lo largo de varios cientos de metros.
