Lento… cada vez más lento. Todas aquellas toneladas de acero tardaron una eternidad en desacelerar, mientras los dos aterrorizados ferrocarrileros que iban al frente oían cómo el estruendo disminuía hasta convertirse en un chirrido.

Luego un plañido. Después el silencio.

Cy y Merle se quedaron sentados, rígidos como estacas, mientras intercambiaban una silenciosa mirada de incredulidad. La locomotora doscientos ochenta y dos había arrastrado al Ford casi ochocientos metros a lo largo de la vía del ferrocarril y ahora estaba quieta, resoplando con toda tranquilidad, como una enorme y satisfecha ballena que hubiera salido a tomar aire.

Merle pudo hablar por fin.

– Es imposible que la mujer esté viva.

– ¡Vamos! -ordenó Cy tajante.

Descendieron de la cabina deslizándose con precipitación por el pasamanos, con el vientre pegado a los peldaños. Desde el último furgón, veinte vagones atrás, el cobrador y el guardafrenos venían corriendo: parecían dos pequeños puntos que saltaban en la distancia y preguntaban a grandes voces lo que había sucedido.

Mientras corrían, Cy le gritó a Merle:

– ¡Mira! La locomotora está casi intacta -pero cuando los dos hombres rodearon el frente, se detuvieron en seco.

Era un espectáculo espantoso; el auto estaba completamente aplastado. El acoplador al frente del guardarrieles se clavó en el automóvil y sobresalía como un brillante ojo plateado. En la ventanilla del lado del conductor quedaban algunos trozos de cristal filosos como navajas.

En ese momento, Cy se acercó de prisa, pero con cautela, para mirar al interior.

La mujer tenía el cabello castaño. Era joven y bonita. Más bien, lo había sido. Usaba un vestido hecho en casa con lindas y diminutas flores azules. Se hallaba rodeada de frascos de fruta en conserva rotos. Cy trató de cerrar su mente a todo lo demás y metió la mano para ver si todavía estaba viva. Después de un minuto la retiró.



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