– Creo que ha muerto.

– ¿Estás seguro?

– No siento el pulso.

Merle estaba tan blanco como el papel. Movía los labios, pero sin emitir ningún sonido. Cy se dio cuenta de que tendría que hacerse cargo de la situación.

– Vamos a necesitar un gato para sacarla de ahí -indicó Merle a toda prisa-. Será mejor que corras al camino y detenga un automóvil. Pídeles que vayan a Browerville y que consigan ayuda, por favor -Merle ya había comenzado a alejarse con un trotecillo torpe-, y diles también que avisen al comisario de Long Prairie.

Llegaron entonces el cobrador y el guardafrenos hasta donde se encontraba Cy.

– ¿Está muerto? -preguntó uno de ellos.

– Es una mujer. No le siento el pulso.

Se quedaron inmóviles, tratando de asimilar la desgracia.

– Me parece que lo mejor será sacar las señales de advertencia -indicó Cy al guardafrenos.

– Sí -el guardafrenos caminó hacia el norte, por las vías, y puso una advertencia para cualquier tren que viajara con rumbo al sur. Otro guardafrenos hizo lo mismo kilómetro y medio más allá del final del tren.

– La matrícula del automóvil ya no se puede ver, pero ella trae un bolso -observó Cy con torpeza -. Lo vi debajo de su… -dejó de hablar y tragó saliva.

– ¿Quieres que lo saque yo, Cy? -preguntó el cobrador.

– No, yo… yo puedo hacerlo -aseguró mientras Merle volvía.

Cy se armó de valor y tomó el bolso que llevaba la mujer muerta. Lo limpió en la pernera de su mono de rayas azules y blancas.

Todos lo contemplaron en las enormes manos de Cy. Era un pequeño bolso de plástico blanco en forma de concha marina con los bordes endurecidos.



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