
Podía decirse que las campanas de San José regulaban las actividades del pueblo, ya que casi todos en Browerville eran católicos. La gente que pasaba por ahí se sorprendía a menudo de que un lugar tan pequeño, con apenas ochocientas personas, tuviera no una ¡sino dos iglesias católicas! La de San Pedro estaba en el sur del pueblo, pero la de San José se erigió primero y era polaca. A la de San Pedro le faltaba la imponente presencia de la de San José con su grandiosa estructura neobarroca, sus minaretes en forma de cebolla, las columnas corintias y sus cinco espléndidos altares.
Todas las mañanas, de lunes a viernes, a las siete y media, Eddie tocaba lo que sencillamente se conocía como la primera campanada: seis tañidos monótonos para avisar a todos que en media hora comenzaría la misa. A las ocho en punto tocaba las tres campanas al unísono para dar inicio a la misa. Al mediodía en punto estaba ahí para llamar al ángelus: doce repiqueteos de una sola campana que detenían las actividades de todo el pueblo y que marcaban la hora de la comida. Durante las vacaciones de verano todos los niños del pueblo sabían que al oír tocar el ángelus de mediodía tenían cinco minutos para llegar a casa a comer ¡O si no estarían en un gran problema! Y al final de cada día de trabajo, aunque Eddie por lo general ya se encontraba en casa a las cinco y media, corría de vuelta a la iglesia a las seis en punto para tocar el ángelus vespertino, después del cual todo el pueblo se disponía a cenar. Las mañanas de domingo, cuando se celebraban tanto la misa mayor como la misa menor, tocaba un llamado extra y luego volvía a tañer las campanas para anunciar el rezo de la víspera de ese día. Los sábados por la tarde ahí estaba de nuevo para llamar al rosario y a la bendición, antes del servicio.
También se requería que tocara las campanas en ocasiones especiales del año. Además, la tradición católica polaca dictaba que siempre que alguien moría, las campanas redoblaran una vez por cada año que la persona hubiera vivido.
