
Debido a la naturaleza de este trabajo y a que en ocasiones serequería guardar un minuto de silencio entre tañido y tañido de la campana, Eddie no sólo se había vuelto un hombre ordenado, sino también paciente.
El trabajar cerca de los niños le hizo cultivar una paciencia aún más profunda. Los chicos derramaban la leche en el comedor, dejaban caer los borradores llenos de gis en el suelo, en invierno chupaban la escarcha adherida a los cristales de las ventanas, en primavera entraban con los zapatos enlodados y pegaban los chicles prohibidos debajo de los escritorios.
Sin embargo, a Eddie esto no le molestaba en absoluto. Amaba entrañablemente a los niños. Y aquel año tenía a sus dos niñas en la clase de la hermana Regina: Anne, de nueve años, en el cuarto grado y Lucy, de ocho, en tercero. Las había visto afuera hacía apenas un rato, durante el recreo matutino; jugaban a la ronda en el césped verde del patio de juegos. La hermana Regina las acompañaba; jugaba también y sus velos negros ondeaban en la brisa del otoño.
Ya habían regresado al interior del edificio y sus voces infantiles dejaron de flotar en la agradable mañana; en tanto, Eddie hacía la limpieza de otoño en los patios. Era un hombre que se sentía plenamente satisfecho mientras cargaba las herramientas en la carretilla y la empujaba para ir a limpiar el estanque de peces dorados que se encontraba en el patio del padre Kuzdek. El patio era inmenso y se hallaba situado al sur de la iglesia. El refectorio quedaba en la parte de atrás, lejos de la calle. A veces los Caballeros de Colón le ayudaban a podar y arreglar el césped. Así lo hicieron el sábado anterior: llegaron como los mismos trabajadores incansables y leales de siempre.
Eddie estaba de rodillas en el estanque cuando vio con sorpresa a Conrad Kaluza, uno de esos hombres tan trabajadores, acercarse por la acera. Eddie se sentó sobre sus talones y esperó.
