
– Vaya, Con, ¿qué haces por aquí a estas horas? ¿Vienes a ayudarme a limpiar este estanque enlamado?
Conrad se veía pálido y trastornado; se acuclilló al lado del estanque. Eddie vio que los músculos alrededor de la boca le temblaban. Alarmado, preguntó:
– ¿Qué pasa, Con?
– Eddie, temo que te traigo muy malas noticias. Hubo, eh… -Conrad se aclaró la garganta-. Hubo un accidente.
Eddie se puso tenso y miró hacia el sur, hacia su casa. Comenzó a incorporarse.
– Krystyna…
– Temo que sí -confirmó Conrad.
– ¿Está bien, Con?
Conrad volvió a aclararse la garganta y aspiró profundamente.
– Yo… siento decirte que no, Eddie. Un tren golpeó su auto cuando pasaba por el cruce camino de la casa de sus padres.
– ¡Yezhush, Maria! -exclamó Eddie en polaco y se santiguó. Luego se obligó a preguntar-: ¿Está muy mal?
Conrad no le respondió.
– Está viva, ¿no es cierto, Con? -gritó Eddie y sujetó al hombre por los brazos-. Sólo está herida, ¿verdad?
Por fin, Conrad acertó a hablar y cuando lo hizo su voz se oyó jadeante y poco natural.
– Es lo más difícil que he tenido que decirle a alguien.
– ¡Oh, Dios! ¡Con, no!
– Está muerta, Eddie. Que su alma descanse en paz.
El rostro de Eddie se hallaba desfigurado; el hombre comenzó a remecerse.
– No puede estar muerta. Ella está… -Eddie miró hacia el norte, a la casa de sus suegros-… está en casa de su madre, haciendo conservas. Ella y su madre van a… ¡oh, Con, no, no! ¡Krystyna no!
Eddie comenzó a llorar.
– ¡Mi Krystyna no! -gimió.
Conrad esperó un momento y luego lo apresuró.
– Ven, Eddie, vamos a decírselo al padre Kuzdek; él dirá una plegaria contigo.
Eddie le permitió que lo ayudara a ponerse de pie, pero se volvió hacia el edificio de la escuela en el punto más alejado de la iglesia y musitó:
