
– El niño está bien, ¿verdad? Quiero decir…, el sarampión no le va a…
Zoya miró preocupada a su amiga mientras dejaba el preciado frasco de perfume sobre la mesa.
– No creo que el sarampión lo perjudique -contestó María en tono tranquilizador-. Mamá dice que Olga está mucho más enferma que él.
Olga les llevaba cuatro años a las dos y tenía un temperamento bastante más serio. Además, era tremendamente tímida, a diferencia de Zoya, María o de sus otras dos hermanas.
– Hoy me lo he pasado muy bien en la clase de ballet -dijo Zoya mientras María tocaba la campanilla para que les sirvieran el té-. Ojalá consiga hacer algo de provecho con eso.
María se rió al pensar en el sueño de su querida amiga.
– ¿Como qué? ¿Que te descubriera Diaghilev acaso?
Ambas muchachas se echaron a reír, aunque los ojos de Zoya se iluminaron mientras hablaba. Todo en Zoya era apasionado: sus ojos, su cabello, su manera de mover las manos, cruzar una estancia o abrazar a su amiga. Era menuda, pero estaba llena de fuerza, vida y entusiasmo. Su nombre significaba precisamente «vida», y le venía como anillo al dedo a la chiquilla que había sido y a la mujer que pronto sería.
– Lo digo en serio. Además, madame Nastova asegura que lo hago muy bien.
María volvió a reír, y al mirar a Zoya ambas pensaron en lo mismo.
