
– Joy parece muy feliz ahora -dijo, contemplando a la perra que jugueteaba a sus pies-. ¿Cómo están los cachorros?
María esbozó una sonrisa enigmática y se encogió elegantemente de hombros.
– Son un encanto. Ah, espera…
Soltó la larga trenza que había hecho con el cabello de Zoya y corrió al escritorio en busca de algo que casi había olvidado. Zoya supuso de inmediato que debía de ser una carta de alguna amiga o una fotografía de Alexis o sus hermanas. Siempre tenía tesoros que compartir con ella cuando la veía, pero esta vez María sacó un pequeño frasco y se lo ofreció orgullosamente a su amiga.
– ¿Qué es esto?
– Algo maravilloso… ¡Exclusivo para ti! -contestó María, besando con cariño la mejilla de Zoya mientras esta inclinaba la cabeza sobre el pequeño frasco.
– ¡Oh, Mashka! ¿Es…? ¡Sí, lo es! -confirmó tras aspirar el aroma. Era Lilas, el perfume preferido de María que Zoya ansiaba tener desde hacía meses-. ¿Dónde lo has conseguido?
– Me lo trajo Lili de París. Pensé que te gustaría tenerlo. Aún me queda mucho del que mamá me regaló.
Zoya cerró los ojos y suspiró profundamente con el rostro iluminado de inocente felicidad. Sus placeres eran tan ingenuos y sencillos…, los cachorros, el perfume, los largos paseos estivales por los fragantes campos de Livadia o los juegos en el yate real, navegando por los fiordos.
