Era un mundo que no existía en ningún otro lugar, el mundo de la Rusia imperial. Y Zoya siempre había sido muy feliz en él. Era condesa como su madre y su abuela, estaba lejanamente emparentada con el zar por parte de padre, y su familia siempre había gozado de una posición privilegiada y de lujos como otros muchos aristócratas. Su propia casa era una versión reducida del palacio de Anitchkov y sus compañeros de juegos eran los personajes que forjaban la historia, pero eso a ella le parecía de lo más normal.

– Joy parece muy feliz ahora -dijo, contemplando a la perra que jugueteaba a sus pies-. ¿Cómo están los cachorros?

María esbozó una sonrisa enigmática y se encogió elegantemente de hombros.

– Son un encanto. Ah, espera…

Soltó la larga trenza que había hecho con el cabello de Zoya y corrió al escritorio en busca de algo que casi había olvidado. Zoya supuso de inmediato que debía de ser una carta de alguna amiga o una fotografía de Alexis o sus hermanas. Siempre tenía tesoros que compartir con ella cuando la veía, pero esta vez María sacó un pequeño frasco y se lo ofreció orgullosamente a su amiga.

– ¿Qué es esto?

– Algo maravilloso… ¡Exclusivo para ti! -contestó María, besando con cariño la mejilla de Zoya mientras esta inclinaba la cabeza sobre el pequeño frasco.

– ¡Oh, Mashka! ¿Es…? ¡Sí, lo es! -confirmó tras aspirar el aroma. Era Lilas, el perfume preferido de María que Zoya ansiaba tener desde hacía meses-. ¿Dónde lo has conseguido?

– Me lo trajo Lili de París. Pensé que te gustaría tenerlo. Aún me queda mucho del que mamá me regaló.

Zoya cerró los ojos y suspiró profundamente con el rostro iluminado de inocente felicidad. Sus placeres eran tan ingenuos y sencillos…, los cachorros, el perfume, los largos paseos estivales por los fragantes campos de Livadia o los juegos en el yate real, navegando por los fiordos.



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