En Mathilde Kschessinska, la bailarina amante del zar antes de que este se casara con Alejandra… Un tema absolutamente prohibido que solo podía comentarse en susurros durante las oscuras noches estivales, siempre lejos del alcance de los oídos de los mayores. Zoya se lo comentó un día a su madre. La condesa se enfadó mucho y le prohibió volver a mencionarlo. Estaba claro que era un tema no apto para señoritas. Sin embargo, su abuela fue menos severa cuando ella le habló del asunto y se limitó a decirle en tono burlón que aquella mujer era una bailarina de gran talento.

– ¿Aún sueñas con huir al Marynsky?

Llevaba mucho tiempo sin mencionarlo, pero María la conocía lo bastante como para saber cuándo bromeaba y cuándo no, y hasta qué punto se tomaba en serio sus sueños secretos. Sabía también que para Zoya era un sueño imposible. Algún día se casaría, tendría hijos, sería tan elegante como su madre y no viviría en la famosa escuela de ballet.

Pero resultaba divertido hablar de aquellas cosas y entregarse a la fantasía en una tarde de febrero mientras saboreaban una taza de té y contemplaban a la perra hacer cabriolas en la habitación. La vida era entonces muy cómoda, a pesar de la imperial epidemia de sarampión. Con Zoya, María se olvidaba momentáneamente de sus problemas y responsabilidades y anhelaba llegar a ser tan libre como ella algún día. Sabía muy bien que, más adelante, sus padres elegirían al hombre con quien tendría que casarse. Pero, primero, tenían que pensar en las dos hermanas mayores. Contemplando el fuego de la chimenea, María se preguntó si conseguiría amarlo realmente.

– ¿En qué estabas pensando? -preguntó Zoya mientras el fuego crepitaba en la chimenea y la nieve seguía cayendo en la calle. Ya había oscurecido y Zoya no recordaba que debía regresar a casa a tiempo para la hora de la cena-. ¿Mashka?… Estabas muy seria.

Le ocurría con frecuencia cuando no reía. Sus ojos intensamente azules tenían una expresión muy dulce, a diferencia de los de su madre.



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