María acompañó a su prima a la planta baja y la ayudó a ponerse el abrigo mientras sostenía a la perrilla. Después le puso el sombrero de martas sobre el cabello pelirrojo y la abrazó con cariño.

– ¡Cuídate mucho y no te pongas enferma! -dijo Zoya.

– No tengo la menor intención de hacerlo.

María le entregó el frasco de perfume y Zoya lo tomó con su mano enguantada.

La doncella anunció que Fiodor ya estaba preparado.

– Vendré dentro de uno o dos días, te lo prometo… ¡Y gracias por todo!

Zoya abrazó rápidamente a María y corrió hacia la troika donde Fiodor la estaba esperando. El hombre tenía las mejillas y la nariz bastante coloradas, y Zoya comprendió que había estado bebiendo con sus amigos en las caballerizas, pero no le importó. Le haría falta para defenderse del frío durante el rápido regreso a San Petersburgo. La muchacha se acomodó en su asiento y se alegró de que hubiera cesado de nevar.

– Tenemos que darnos prisa, Fiodor; mamá se enfadará mucho si me retraso.

Sin embargo, sabía que no llegaría a tiempo para la cena. Ya estarían en el salón cuando llegara… ¡Y, por si fuera poco, la perrita! Zoya rió para sus adentros mientras la fusta restallaba en el frío aire nocturno y la troika se ponía en movimiento detrás de los briosos caballos negros. Instantes después cruzaron la verja y los cosacos a caballo se desvanecieron a su espalda mientras atravesaban a toda prisa la aldea de Tsarskoe Selo.

2

Mientras la troika conducida por Fiodor recorría a toda velocidad la avenida Nevsky, Zoya abrazó efusivamente a la perrilla y trató afanosamente de inventarse alguna excusa que ablandara a su madre. Sabía que no temería por su seguridad porque Fiodor la acompañaba, pero sin duda el retraso la molestaría y al ver a la perrita se disgustaría. Tendría que presentarla más tarde.



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