
– Por favor, Fiodor, me la regaló la zarina…, se llama Sava. Llévala a la cocina y dásela a Galina. Yo bajaré por ella más tarde.
El hombre contempló sus ojos de chiquilla asustada y sacudió la cabeza, riéndose.
– ¡La condesa pedirá mi cabeza, mademoiselle! Y puede que también la suya.
– Lo sé, a lo mejor papá… -Papá que siempre intercedía en su favor, que era siempre tan bueno y cariñoso con su madre. Era un hombre maravilloso y ella lo adoraba-. Rápido, Fiodor…, tengo que darme prisa.
Eran las siete pasadas y aún tenía que cambiarse de ropa antes de presentarse en el comedor. Fiodor tomó la perrita y Zoya subió corriendo los peldaños de mármol de su hermoso palacete estilo medio ruso y medio francés, ordenado construir por su abuelo para su mujer. La abuela vivía ahora en un pabellón al otro lado del jardín con un pequeño parque propio, pero en aquellos momentos Zoya no tenía tiempo de pensar en ella. Tenía mucha prisa. Entró rápidamente, se quitó el sombrero, entregó el abrigo a una doncella y subió corriendo la escalinata principal para alcanzar su dormitorio, pero al punto oyó tronar una conocida voz a su espalda.
– ¡Alto! ¿Quién anda ahí?
– ¡Cállate! -dijo Zoya en un susurro. Su hermano se encontraba de pie junto a la escalera-. ¿Qué haces tú aquí?
Estaba muy guapo de uniforme, y Zoya sabía que todas sus compañeras del Smolny suspiraban por él. Lucía la insignia de la célebre Guardia Preobrajensky, pero eso ahora no le impresionó.
– ¿Dónde está mamá? -preguntó, pese a que ya conocía la respuesta.
