– En el comedor, desde luego. ¿De dónde vienes?

– Vete. Tengo prisa… -Aún tenía que cambiarse y su hermano la estaba entreteniendo-. Voy a llegar tarde.

El joven rió y sus ojos verdes la miraron con expresión burlona.

– Será mejor que vayas tal como estás. Mamá se pondrá furiosa como te sigas retrasando.

Zoya vaciló un instante y luego preguntó:

– ¿Dijo algo? ¿La has visto?

– Todavía no. Acabo de llegar. Quiero hablar con papá después de la cena. Ve a cambiarte. Yo los distraeré. -La quería más de lo que ella imaginaba; era la hermanita de la que solía presumir ante sus amigos, los cuales suspiraban por ella desde hacía años. Sin embargo, los habría matado si se hubieran atrevido a tocarla. La muchacha era una pequeña belleza, pero aún no lo sabía y era demasiado joven para coquetear con ellos. Algún día se casaría con un príncipe o, por lo menos, con alguien tan importante como su padre, un conde o coronel que inspirara admiración y respeto entre sus conocidos-. Vete, bestezuela -le gritó Nicolai a su espalda-. ¡Date prisa!

Zoya corrió a su habitación, y a los diez minutos bajó luciendo un vestido azul marino de seda con cuello de encaje. Detestaba aquel vestido, pero sabía que a su madre le gustaba mucho y no quería predisponerla aún más. Hubiera resultado imposible acceder al comedor sin llamar la atención. Mientras entraba con aire de serena inocencia, su hermano esbozó una sonrisa pícara, sentado entre su madre y su abuela. La condesa estaba insólitamente pálida y vestía un precioso modelo de raso gris y un collar de brillantes y perlas negras. Cuando levantó lentamente el rostro y miró a su hija, con expresión de reproche, sus ojos eran casi del mismo color que el vestido.

– ¡Zoya! -exclamó sin levantar la voz.

Zoya la miró con candor y corrió a besarle la fría mejilla mientras miraba nerviosa a su padre y a su abuela.

– Lo siento muchísimo, mamá, me retrasé un poco en la clase de ballet. Después fui a ver a una amiga, perdóname, yo…



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