– ¿Dónde has estado exactamente? -preguntó la gélida voz de su madre mientras el resto de la familia contemplaba la escena en silencio.

– Tuve que… Te pido perdón…

Natalia miró a su hija directamente a los ojos mientras esta fingía alisarse el cabello. Parecía habérselo peinado a toda prisa, tal como de hecho sucedió.

– Quiero saber la verdad. ¿Has ido a Tsarskoe Selo?

– Yo… -Hubiera sido inútil. Su madre era demasiado fría, demasiado bella y aterradora, y dominaba por entero la situación-. Sí, mamá -contestó, sintiéndose de nuevo una niña de siete años y no una joven de diecisiete-. Perdóname.

– Eres una insensata. -Los ojos de Natalia se encendieron de furia mientras miraba a su marido-. Konstantin, se lo prohibí expresamente. Todos los niños tienen el sarampión y ahora ella se ha expuesto al contagio. Ha sido un descarado acto de desobediencia.

Zoya miró nerviosamente a su padre; en los ojos de este brillaba el mismo fuego esmeralda que en los suyos y el conde apenas si podía reprimir una sonrisa. Adoraba a su hija de la misma manera que amaba a su esposa. Esta vez, Nicolai intercedió en su favor, cosa que en raras ocasiones hacía, tal vez porque la vio muy preocupada y se compadeció.

– Quizá le pidieron que fuera, mamá, y Zoya no se atrevió a negarse.

Sin embargo, aparte sus muchas cualidades, Zoya era siempre sincera y ahora miró a su madre, que permanecía serenamente sentada, esperando que las doncellas sirvieran la cena.

– Yo quise ir, mamá. La culpa es mía, no suya. María se sentía muy sola.

– Fue una insensatez de tu parte, Zoya. Ya hablaremos después de cenar.

– Sí, mamá. -Zoya bajó la vista a su plato mientras los demás proseguían la conversación sin ella. Cuando instantes después levantó la mirada, se percató de la presencia de su abuela y su rostro se iluminó con una sonrisa-. Hola, abuela. Tía Alix me encargó que te diera recuerdos.



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