
– ¿Qué tal está? -preguntó su padre mientras su madre la miraba en silencio, visiblemente disgustada por su conducta.
– Ella siempre está bien cuando atiende a los enfermos -contestó la abuela en su nombre-. Es curioso lo que le ocurre a Alix. Padece toda clase de dolencias hasta que alguien se pone más enfermo y la necesita. Entonces está siempre a la altura de las circunstancias. -La anciana condesa miró con intención a su nuera y después le dedicó una cariñosa sonrisa a Zoya-. La pequeña María se habrá alegrado mucho de verte, Zoya.
– Así es, abuela -contestó Zoya. Después añadió, para tranquilizar a su madre-: A los demás ni siquiera los he visto. Debían de estar encerrados en alguna parte. Hasta madame Vyrubova se ha puesto enferma -comentó, arrepintiéndose enseguida de haberlo dicho.
– Qué estupidez de tu parte, Zoya -dijo su madre, mirándola horrorizada-. No entiendo por qué tuviste que ir. ¿Acaso quieres pillar el sarampión?
– No, mamá. Lo siento de veras. -Pero su rostro no lo demostraba. Solo sus palabras estaban llenas de la esperada compunción-. No quería retrasarme. Iba a marcharme cuando entró tía Alix para tomar el té con nosotras y no quise ser grosera con ella…
– Faltaría más. Al fin y al cabo, es nuestra zarina y también nuestra prima -dijo la abuela.
Tenía los ojos del mismo color verde que los de Zoya, su padre y su hermano. Solo los de Natalia eran gris azulado como el frío cielo invernal y sin esperanza de verano. La vida siempre le había exigido demasiado a Natalia, su marido era fuerte y enérgico, con entusiasmo, y quería más hijos de los que ella podía darle. Dos hijos nacieron muertos, tuvo varios abortos y tanto los embarazos de Zoya como de Nicolai fueron muy difíciles. Tuvo que pasarse un año en la cama por cada uno de ellos y ahora dormía en sus propios aposentos. A Konstantin le gustaban sus amigos y hubiera querido ofrecer innumerables bailes y fiestas, pero ella lo consideraba excesivamente agotador y utilizaba su precaria salud como excusa para justificar su falta de joie de vivre y su casi abrumadora timidez.
