Tras su gélido aire desdeñoso se ocultaba el hecho de que la gente la aterraba y se sentía bastante más a gusto reclinada en un sillón junto a la chimenea. En cambio, Zoya se parecía mucho más a su padre que, una vez la presentara en sociedad en primavera, tenía previsto que su hija lo acompañara a las fiestas. Durante mucho tiempo hablaron de abandonar la idea del baile, pero Natalia insistió en que no deberían pensar en ello estando en guerra. Al final, la abuela resolvió la cuestión para gran alivio de Konstantin. Organizarían un baile en cuanto la joven terminara en junio sus estudios en el Instituto Smolny. Tal vez no sería un baile tan fastuoso como el que hubieran organizado en tiempos de paz, pero de todos modos la fiesta sería muy bonita.

– ¿Qué noticias hay de Nicolás? -preguntó Konstantin-. ¿Te dijo algo María?

– No demasiado. Tía Alix dice que regresó del frente, pero creo que pronto volverá a marcharse.

– Lo sé. Lo vi la semana pasada. Pero, como sea, está bien, ¿verdad?

Konstantin parecía preocupado, pensó su apuesto hijo, y dedujo que su padre habría oído los rumores que circulaban por el cuartel, según los cuales Nicolás estaba tremendamente agotado y la tensión de la guerra podría acabar con él. Sin embargo, dada la amable disposición del zar y su constante preocupación por todos, eso era casi inimaginable. Hubiera sido muy difícil que el zar se derrumbase o se diera por vencido. Era un hombre profundamente amado por sus semejantes y, sobre todo, por el padre de Zoya. Como Zoya y María, ambos eran amigos de la infancia y el zar era padrino de Nicolai, el cual había sido bautizado con su nombre, aparte que el padre de Nicolás era íntimo amigo del de Konstantin. El cariño que se profesaban el uno al otro rebasaba los límites familiares y su amistad era tan estrecha que incluso se habían casado con dos alemanas, aunque Alix parecía un poco más valerosa que Natalia.



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