
– Por cierto, ¿qué te ha traído aquí esta noche? -preguntó Konstantin, mirando con una cariñosa sonrisa a Nicolai.
Estaba orgulloso de él y se alegraba de que estuviera en la Preobrajensky y no en el frente, cosa que no ocultaba pues no tenía el menor deseo de perder a su único hijo. Las bajas rusas, desde la batalla de Tannenberg en verano de 1914 hasta la terrible derrota en los helados campos de Galizia, eran ya muy elevadas, y él quería que Nicolai permaneciera a salvo en San Petersburgo. Eso, por lo menos, era un gran alivio tanto para él como para Natalia.
– Quería hablar contigo después de la cena, papá -dijo con firmeza el muchacho mientras Natalia lo miraba con inquietud. Esperaba que no quisiera contarle a su padre ningún disparate. Una amiga le había revelado recientemente que su hijo tenía una aventura con una bailarina y, como Nicolai le dijera a su padre que quería casarse con ella, la iban a oír-. Nada importante. -La abuela lo miró con sus astutos y perspicaces ojos, sabiendo que el muchacho había mentido con respecto a la importancia del asunto. Estaba muy preocupado por algo, hasta el punto de haber decidido regresar a casa y pasar la noche con la familia, lo cual era impropio en él-. En realidad -añadió Nicolai, mirando con una sonrisa a sus familiares-, he venido para cerciorarme de que este pequeño monstruo se comporta como es debido.
El joven miró a Zoya, que le correspondió con un gesto de hastío.
