– Ya soy mayorcita, Nicolai, y nunca me comporto indebidamente -dijo la muchacha, y terminó el postre con aire relamido mientras él soltaba una carcajada burlona.

– No me digas. Pues hace apenas un momento subías corriendo la escalera, como de costumbre retrasada para la cena, con las botas mojadas y el cabello desgreñado como si te lo hubieras peinado con una horca…

Antes de que pudiera proseguir, Zoya le arrojó una servilleta a la cara. Su madre miró con expresión implorante al marido.

– ¡Por favor, Konstantin, diles que se callen! Me atacan los nervios.

– Eso no es más que una canción de amor, querida -terció juiciosamente la condesa Eugenia-. Es la única manera que tienen de conversar en esta fase de sus vidas. Mis hijos a cada momento se tiraban de los pelos y se arrojaban zapatos. ¿No es cierto, Konstantin?

Konstantin soltó una sonora carcajada y miró tímidamente a su madre.

– Me temo que de pequeño yo tampoco me comportaba muy bien, querida -dijo, y miró cariñosamente a su mujer antes de levantarse de la mesa tras saludar a todos con una leve inclinación.

Después precedió a su hijo hacia un saloncito contiguo donde ambos podrían conversar en privado. Al igual que su mujer, esperaba que Nicolai no hubiera vuelto a casa para comunicarles su deseo de casarse.

Cuando se sentaron frente al fuego de la chimenea, a Konstantin no le pasó inadvertida la elegante pitillera de oro que Nicolai sacó del bolsillo. Era uno de los diseños más típicos de Carl Fabergé, en oro rosa y amarillo y con un precioso cierre de zafiros. Konstantin estaba casi seguro de que el artífice debía de ser Hollming o Wigstrom.

– ¿Otra chuchería, Nicolai?

Al igual que su mujer, él también estaba enterado de la supuesta aventura de Nicolai con una hermosa bailarina.

– El regalo de una amiga, papá.

Konstantin sonrió con indulgencia.

– Más o menos lo que yo me temía.



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