Nicolai frunció el ceño y ambos rieron. Era muy maduro para su edad y, aparte de su apostura, poseía una inteligencia muy despierta. En suma, la clase de hijo del que un padre podía sentirse orgulloso.

– No te preocupes, papá. Pese a lo que te hayan dicho, eso no es más que una diversión; nada serio, te lo aseguro.

– Bien. Entonces, ¿qué te ha traído aquí esta noche?

Nicolai contempló el fuego con expresión preocupada y después se volvió y miró a su padre.

– Se trata de algo mucho más importante. He oído cosas muy desagradables sobre el zar. Que está cansado, que está enfermo, que no debería estar al mando de las tropas. Tú también las habrás oído, padre.

– En efecto. -Konstantin asintió lentamente con la cabeza-. Pero yo sigo creyendo que no nos defraudará.

– Anoche estuve en una fiesta en casa del embajador Paleólogo. Él pinta un cuadro muy sombrío. Piensa que la escasez de víveres y combustible es mucho más grave de lo que nosotros reconocemos, y que la tensión de la guerra ya se está cobrando su tributo. Estamos facilitando suministros a seis millones de hombres en el frente y apenas podemos mantener a los de casa. Teme que nos derrumbemos, que Rusia se derrumbe y el zar con ella…, y entonces, ¿qué, padre? ¿Tú crees que tiene razón?

Konstantin reflexionó largo rato y luego sacudió la cabeza.

– No, no lo creo. Es cierto que todos sufrimos esta tensión, al igual que Nicolás. Pero esto es Rusia, Nicolai, no un débil y diminuto país en medio de quién sabe dónde. Somos un pueblo fuerte y valeroso, y por difícil que sea la situación dentro o fuera de él, no nos derrumbaremos. Jamás.

Estaba firmemente convencido de ello y Nicolai se tranquilizó al oír sus palabras.

– La Duma, nuestro parlamento, se reúne mañana. Será interesante ver lo que ocurre.

– No ocurrirá nada, hijo mío. Rusia perdurará para siempre. De eso no te quepa la menor duda -dijo, y miró cariñosamente a Nicolai.



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