
– No me cabe ninguna duda -contestó el joven-. Quizá solo necesitaba que me lo dijeras.
– Eso lo necesitamos todos alguna vez. Debes ser fuerte por Nicolás, por todos nosotros y por tu patria. Todos debemos ser fuertes ahora. Ya volverán los buenos tiempos. La guerra no se prolongará indefinidamente.
– Es terrible. -Ambos eran conscientes de la gravedad de las bajas. Sin embargo, nada de todo aquello tenía por qué significar el final de lo que más querían. Pensándolo mejor, Nicolai se sintió un estúpido por haberse preocupado tanto. El embajador francés había sido demasiado convincente con sus agoreras predicciones. Ahora se alegraba de haber hablado con su padre-. ¿Mamá está bien?
Le había parecido más nerviosa que de costumbre, aunque tal vez la conducta de su madre le había llamado la atención porque ahora la veía con menos frecuencia.
– Está muy preocupada también por la guerra… -Konstantin esbozó una leve sonrisa-, y por ti, por mí y por Zoya… Buena pieza está hecha.
– Pero es encantadora, ¿a que sí? -Nicolai hablaba de su hermana con un calor y una admiración que hubiera negado enérgicamente si alguien se lo hubiera comentado a la muchacha-. La mitad de mi regimiento está enamorado de ella. Me paso el rato amenazando con asesinar a mis compañeros.
Su padre sonrió, sacudiendo tristemente la cabeza.
– Es una lástima que la presentemos en sociedad en tiempo de guerra. Quizá en junio todo habrá terminado.
Era una esperanza compartida, aunque Nicolai no la consideraba muy probable.
– ¿Has pensado en alguien para ella? -preguntó a su padre con curiosidad.
Tenía varios amigos que podrían ser pretendientes muy adecuados.
– No puedo soportar la idea de perderla. Es una tontería, supongo. Es demasiado fogosa como para quedarse con nosotros mucho tiempo. A tu abuela le gusta mucho el príncipe Orlov.
– Es demasiado mayor para ella.
