
El príncipe tenía treinta y cinco años, y al pensarlo Nicolai frunció protectoramente el ceño. En realidad, no estaba seguro de que hubiera alguien digno de su turbulenta hermanita.
Konstantin se levantó sonriendo y le dio unas cariñosas palmadas en la espalda.
– Será mejor que volvamos, de lo contrario tu madre se preocupará.
Al salir del salón, Konstantin le rodeó los hombros con su brazo. Cuando se reunieron con las damas en otro saloncito, Zoya estaba discutiendo con su madre a propósito de algo.
– Vamos a ver qué has hecho ahora, pequeño monstruo -dijo Nicolai, y rió al ver la expresión de su cara, mientras observaba con el rabillo del ojo que su abuela se había vuelto de espaldas para disimular una sonrisa.
Natalia estaba pálida como la cera; en cambio, Zoya se había ruborizado.
– ¡Tú no te metas en esto! -dijo la joven, mirando enfurecida a su hermano.
– ¿Qué ocurre ahora, pequeña? -preguntó Konstantin en tono burlón hasta que advirtió la mirada de reproche de su mujer.
Natalia le reprochaba que fuera demasiado blando con su hija.
– Al parecer -dijo esta en tono indignado-, Alix le ha hecho un regalo completamente ridículo y yo no pienso permitir que se lo quede.
– Vaya por Dios, ¿de qué se trata? ¿Son sus famosas perlas? Acéptalas por lo que más quieras, cariño, ya tendrás ocasión de lucirlas más adelante.
Konstantin se encontraba de buen humor tras su conversación con Nicolai, por lo que ambos hombres intercambiaron una mirada de complicidad por encima de las cabezas de las mujeres.
– Eso no tiene ninguna gracia, Konstantin, y espero que le digas exactamente lo mismo que yo. Tiene que librarse de eso enseguida.
– Pero ¿qué es? ¿Una serpiente amaestrada? -preguntó Nicolai en broma.
– No, es uno de los cachorros de Joy. -Zoya miró con ojos suplicantes a su padre-. Papá, por favor…, si prometo cuidarla yo misma y tenerla siempre en mi habitación para que mamá no la vea…, por favor…
