Las lágrimas temblaron en sus ojos y el padre se enterneció al verla cruzar el salón con los ojos encendidos de rabia.

– ¡No! ¡Los perros transmiten enfermedades y todos sabéis muy bien lo delicada que estoy de salud!

En aquellos momentos, Natalia no parecía precisamente una persona delicada, de pie en el centro de la estancia y con el rostro contraído en una mueca de furia. Konstantin recordó la atracción que sintió por ella la primera vez que la vio. Sin embargo, Natalia era una mujer muy difícil.

– A lo mejor, si la dejáramos en la cocina… -dijo, y miró esperanzado a su mujer.

– Siempre cedes ante ella, ¿verdad, Konstantin? -replicó Natalia, dirigiéndose hacia la puerta.

– Cariño, no debe de ser una perra grande. La madre es muy pequeña.

– Y, además, tiene otros dos perros y un gato, y el hijo está constantemente al borde de la muerte.

Natalia se refería a la enfermedad crónica del zarevich Alexis.

– Eso no tiene nada que ver con los perros. Tal vez la abuela podría tenerla en su casa…

Konstantin miró esperanzado a su madre y esta sonrió, disfrutando en su fuero interno de la escena. Era muy propio de Alix regalarle un perro a Zoya, a sabiendas de lo mucho que enfurecería a su madre. Siempre había existido una rivalidad secreta entre ambas, aunque Alejandra era al fin y al cabo la zarina.

– La acogeré con gusto en casa -dijo la anciana condesa.

– Muy bien.

Konstantin se alegró de haber encontrado la mejor solución, pero, en aquel momento, oyó un portazo y comprendió que no volvería a ver a su mujer hasta la mañana siguiente.

– Desde este ambiente tan festivo -dijo Nicolai, mirando a su alrededor con una sonrisa al tiempo que se inclinaba ceremoniosamente ante su abuela-, regresaré a la tranquilidad del cuartel.

– Más te vale -le replicó su abuela con ironía, disimulando apenas una sonrisa mientras el joven le daba un cariñoso beso-. Tengo entendido que estás hecho un calavera, querido.



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