– No creas nada de lo que te cuenten. Buenas noches, abuela. -Nicolai la besó en ambas mejillas y tocó suavemente el hombro de su padre-. En cuanto a ti, bestezuela… -añadió, dándole a Zoya un leve tirón de la melena pelirroja mientras ella lo miraba sin ocultar el amor que le profesaba-, pórtate bien y no vuelvas a casa con más animalitos. Volverás loca a tu madre.

– ¡A ti nadie te ha pedido la opinión! -dijo ella, besándole por segunda vez-. Adiós, muchacho perverso.

– No soy un muchacho sino un hombre, aunque dudo que tú pudieras comprender la diferencia.

– La comprendería si viera a alguno.

Desde la puerta Nicolai se despidió de todos con una expresión burlona en el rostro y marchó a visitar, probablemente, a su pequeña bailarina.

– Es un chico encantador, Konstantin. Me recuerda mucho a ti cuando eras joven -dijo la anciana condesa con orgullo mientras su hijo la miraba sonriente y Zoya se sentaba en un sillón con cara de hastío.

– Pues a mí me parece un antipático.

– Él habla de ti en términos más halagüeños, Zoya Nikolaevna -dijo cariñosamente su padre. Estaba orgulloso de ellos y los amaba con todo su corazón. Se inclinó para besar a su hija en la mejilla y después sonrió a su madre-. ¿De veras vas a quedarte con la perrita, mamá? -preguntó a la condesa Eugenia-. Temo que Natalia nos eche a todos de casa si intento convencerla.

Konstantin reprimió un suspiro. A veces deseaba que su mujer tuviera un carácter menos difícil, sobre todo cuando su madre la miraba con silencioso reproche. Sin embargo, Eugenia Ossupov ya tenía una opinión formada sobre su nuera desde hacía bastante tiempo, y nada de lo que esta hiciera la modificaría en ningún sentido.

– Pues, claro. Me encantará tener una pequeña amiga. -La abuela se volvió y miró a Zoya con expresión divertida-. ¿Cuál de los perros la engendró? ¿Charles, el del zarevich, o el pequeño bulldog francés de Tatiana?



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