
– Ninguno de ellos, abuela. Es hija de Joy, la cocker spaniel de María. Es un encanto, abuela, y se llama Sava -contestó Zoya, sentándose como una chiquilla sobre las rodillas de su abuela mientras la condesa apoyaba amorosamente una mano sobre su hombro.
– Pídele que no bautice mi alfombra Aubusson preferida y nos haremos buenas amigas, te lo prometo.
Eugenia Petrovna acarició la melena pelirroja que cubría los hombros de Zoya. Le encantaban las suaves caricias de su abuela desde que era pequeña. Ahora levantó el rostro y besó cariñosamente la mejilla de la anciana.
– Gracias, abuela. Me apetece tanto tenerla.
– La tendrás, pequeña, la tendrás… -La condesa se levantó y se acercó despacio a la chimenea, sintiéndose un poco fatigada pero contenta. Zoya fue en busca de la perrilla. La condesa miró a Konstantin y le pareció que había transcurrido solo un instante desde que este era tan joven como Nicolai. Los años pasaban volando, pero siempre fueron amables con ella. Su marido había tenido una vida muy satisfactoria. Muerto hacía tres años, a los ochenta y nueve, ella siempre se consideró afortunada por haberlo amado. Ahora Konstantin se lo recordaba, sobre todo cuando lo veía con Zoya-. Es una chiquilla encantadora, Konstantin Nicolaevich, una muchacha preciosa.
– Se parece mucho a ti, mamá.
Eugenia sacudió la cabeza, pero Konstantin pudo ver conformidad en sus ojos. A veces, la condesa veía en su nieta muchas características suyas y se alegraba de que Zoya no se pareciera a su madre. Incluso cuando la joven desobedecía a su madre, la condesa lo aprobada por considerarlo una prueba de que por las venas de Zoya corría su propia sangre, lo cual molestaba sobremanera a Natalia.
– Es original y distinta de todos. No debemos imponerle nuestros criterios y defectos.
– ¿Cuándo tuviste tú algún defecto? Siempre has sido buena conmigo, mamá…, con todos nosotros…
