Dos doncellas tomaron su abrigo y Zoya se quitó despacio el sombrero de martas, dejando al descubierto una preciosa mata de cabello que a menudo asombraba a la gente cuando lo llevaba suelto, como solía hacer en Livadia durante el verano. El zarevich Alexis le gastaba bromas a propósito de su melena pelirroja y cuando ella lo abrazaba se la acariciaba suavemente con sus manos delicadas. Para Alexis, Zoya era casi una hermana, pues había nacido dos semanas antes que María, y ambas tenían un carácter similar y lo mimaban constantemente, como el resto de sus hermanas. Para ellas, su madre y los parientes más próximos, el zarevich era casi siempre el niño, incluso ahora que tenía doce años. Zoya preguntó por él con la cara muy seria.

– El pobrecillo está cubierto de manchas y tose mucho -contestó la mayor de las doncellas sacudiendo la cabeza-. Monsieur Gilliard ha pasado todo el día con él. Su Alteza ha estado ocupada con las niñas.

Olga, Tatiana y Anastasia se habían contagiado de sarampión y en la casa prácticamente había una epidemia. Por eso la madre de Zoya le había prohibido ir. Sin embargo, María no daba la menor señal de estar enferma y en su nota de la víspera le suplicaba a Zoya que acudiera a visitarla. «Ven a verme, mi querida Zoya, si tu madre te da permiso…»

Los ojos verdes de Zoya danzaron mientras se sacudía el cabello y se alisaba el grueso vestido de lana que sustituyó al uniforme escolar cuando finalizó la clase de ballet. En ese momento avanzó presurosa por el interminable pasillo hasta la conocida puerta que conducía al sobrio dormitorio de María y Anastasia en el piso superior. Pasó silenciosamente por delante de la estancia donde siempre trabajaba el príncipe Meshchersky, el ayudante de campo del zar, que no la oyó ni siquiera cuando subió la escalera calzada con sus pesadas botas. Luego Zoya llamó con los nudillos a la puerta del dormitorio y oyó una voz conocida.



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