– ¿Sí?

Con su ahusada mano, giró el tirador y su lustrosa melena pelirroja pareció precederla cuando asomó la cabeza y vio a su prima y amiga de pie junto a la ventana. Los grandes ojos azules de María se iluminaron instantáneamente mientras cruzaba la estancia y Zoya extendía los brazos para abrazarla.

– ¡He venido a salvarte, Mashka, cariño!

– ¡Gracias a Dios! Pensé que moriría de aburrimiento. Aquí todos están enfermos. Incluso la pobre Ana enfermó ayer de sarampión. Se encuentra en las estancias contiguas a los aposentos de mi madre, y mamá se empeña en atenderlos personalmente a todos. Se pasa el día llevándoles sopas y tés, y cuando las mujeres se duermen, acude a la habitación de al lado para atender a los hombres. Aquí parece que hubiera dos hospitales en vez de uno. -María tiró en broma de su sedoso cabello castaño mientras Zoya reía. Al estallar la guerra, el vecino palacio de Catalina se había convertido en hospital y la zarina trabajaba incansablemente en él, vestida con el uniforme de la Cruz Roja, instando a sus hijas a que hicieran lo mismo, pero, de todas ellas, María era la menos proclive a prestar semejantes servicios-. ¡No puedo soportarlo! Temía que no vinieras. Mamá se enfadará mucho si sabe que te lo he pedido.

Ambas jóvenes cruzaron la estancia tomadas del brazo y se sentaron junto a la chimenea. La habitación que María compartía habitualmente con Anastasia era en extremo sencilla y austera. Al igual que sus hermanas, María y Anastasia dormían en vulgares camas de hierro con almidonadas sábanas blancas y disponían de un pequeño escritorio y una pulcra hilera de huevos de Pascua, delicadamente labrados, sobre la repisa de la chimenea. María los conservaba año tras año por tratarse de regalos de amigas y hermanas. Eran de malaquita y madera, y algunos tenían piedras incrustadas. Los apreciaba tanto como a sus demás pequeños tesoros. Las habitaciones de las niñas, tal como se las seguía llamando, no mostraban la menor huella del lujo y la opulencia que presidían las de sus padres y el resto del palacio.



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