
– Pero ¿tú estás bien? -preguntó cariñosamente Zoya, cuya figura parecía todavía más menuda, cubierta por el grueso vestido de lana que se había puesto para no pasar frío durante el largo camino desde San Petersburgo. Era más baja y más delicada que María, aunque esta fuera generalmente considerada la belleza de la familia. Tenía los mismos ojos azules de su padre, cuyo encanto había heredado, y le gustaban las joyas y los vestidos bonitos mucho más que a sus hermanas. Esta afición la compartía con Zoya, y siempre que María visitaba a su prima, ambas pasaban horas comentando los preciosos vestidos que habían visto y probándose los sombreros y las joyas de la madre de Zoya.
– Estoy bien, pero mamá dice que este domingo no podré ir con tía Olga a la ciudad.
Era un ritual que le encantaba. Cada domingo su tía, la gran duquesa Olga Alexandrovna, las llevaba a todas a almorzar con su abuela al palacio Anitchkov y después visitaban a algunos amigos; pero, estando enfermas sus hermanas, los planes se habían frustrado. A Zoya la entristeció la noticia.
– Me lo temía. Quería enseñarte mi nuevo vestido. Me lo trajo la abuela desde París. -Eugenia Petrovna Ossupov, la abuela de Zoya, era una mujer extraordinaria. Menuda y elegante, con unos ojos que ardían como fuego esmeralda a sus ochenta y un años. Toda la gente decía que Zoya era su vivo retrato. La madre de Zoya, en cambio, era una lánguida y elegante belleza de pálido cabello rubio y melancólicos ojos azules, la clase de mujer que inspira sentimientos protectores a los hombres, y cuyo marido siempre se había encargado de protegerla y la trataba como a una chiquilla delicada, contrariamente a lo que hacía con su turbulenta hija-. Es un vestido precioso de raso color rosa todo bordado de perlas. ¡Estaba deseando que lo vieras!
