
Hablaban de sus vestidos como los niños de sus ositos de felpa.
– ¡Cuánto me gustaría verlo! -exclamó María, batiendo palmas de contento-. La semana próxima ya estarán todos curados y entonces iremos, te lo prometo. Entretanto, te pintaré un cuadro para esa habitación malva tan cursi que tienes.
– ¡No te atrevas a criticar mi habitación! ¡Es casi tan elegante como la de tu madre!
Ambas muchachas se echaron a reír, y en aquel momento, Joy, la perra cocker spaniel de las hijas del zar, entró en la estancia y empezó a brincar alegremente alrededor de Zoya mientras esta se calentaba las manos junto a la chimenea y le hablaba a María de sus compañeras del Smolny. A María le encantaban sus relatos porque se pasaba la vida encerrada con su hermano y sus hermanas al cuidado del tutor Pierre Gilliard y de mister Gibbes, el profesor de inglés.
– Por lo menos, ahora no tenemos clase. Monsieur Gilliard está ocupado, atendiendo al niño. Y llevo una semana sin ver a mister Gibbes. Papá tiene miedo de pillar el sarampión.
Las jóvenes rieron mientras María empezaba a trenzar la melena pelirroja de Zoya. Trenzarse mutuamente el cabello era un pasatiempo compartido desde la infancia. Entretanto, se dedicaban a charlar y chismorrear sobre San Petersburgo y sus amistades, si bien, desde que estallara la guerra, la vida social era mucho menos intensa. Incluso los padres de Zoya no ofrecían tantas fiestas como antaño, para gran disgusto de la muchacha. A ella le encantaba conversar con los hombres de brillantes uniformes y admirar a las damas con sus vistosos atuendos. De este modo podía contarles historias a María y a sus hermanas sobre los coqueteos que había observado, sobre quién era guapa y quién no, y sobre quién llevaba el collar de brillantes más espectacular.
