
—Ballenas, plancton, aceite de arenque, todo es lo mismo. Sabe a pescado. Yo renuncio a la margarina para que no me salgan aletas. —Resonó un súbito repiqueteo de nudillos contra la puerta, y Sol gruñó—: Aún no son las ocho de la mañana, y ya vienen a por ti.
—Podría ser cualquier otra cosa —dijo Andy, dirigiéndose hacia la puerta.
—Podría serlo, pero no lo es: esa es la llamada del chico de los recados, y la conoces tan bien como yo, y te apuesto lo que quieras a que es él. ¿Ves?—. Asintió con lúgubre satisfacción cuando Andy abrió la puerta y vieron al flaco mensajero, con las piernas al aire, de pie en el oscuro rellano.
—¿Qué es lo que quieres, Woody? —preguntó Andy.
—No es azunto mío —ceceó Woody a través de sus desnudas encías. Aunque tenía poco más de veinte años, no había un solo diente en su boca—. El teniente dize que traiga, y yo traigo —Tendió a Andy la tablilla-mensaje con su nombre escrito en la parte exterior.
Andy la volvió hacia la luz y la abrió, leyendo la picuda caligrafía del teniente sobre el rectángulo de pizarra; luego cogió el pizarrín y garabateó sus iniciales detrás antes de devolvérselo al mensajero. Tras cerrar la puerta, volvió a sentarse a la mesa para terminar su desayuno, con el ceño fruncido.
—No me mires así —dijo Sol—, yo no he enviado el mensaje. ¿Me equivoco al suponer que no es la más agradable de las noticias?
—Se trata de los Ancianos. Se están concentrando ya en la Plaza y la comisaría necesita refuerzos.
—Pero, ¿por qué tú? Esto parece un trabajo más propio de los toros con arnés.
—¡Toros con arnés! ¿Dónde has aprendido ese jerga medieval? Desde luego, se necesitan patrulleros para la multitud, pero tienen que haber detectives allí para localizar agitadores, carteristas, bolsilleras, etcétera. Hoy habrá jaleo. Tengo que presentarme a las nueve, de modo que me queda tiempo para ir en busca de un poco de agua.
