
El verano pasó sin que Caley consiguiera que se fijase en ella. Finalmente, la noche que cumplía dieciocho años, decidió jugárselo el todo por el todo. Sólo quedaban unos días para que empezaran las clases y ella no quería ir a la universidad siendo virgen. De modo que hizo acopio de valor, llevó a Jake al lago, se quitó la camiseta y le pidió que la convirtiera en una mujer.
Ahogó un gemido y se subió el edredón hasta la nariz. Incluso después de tantos años, el recuerdo de su estúpida proposición bastaba para que le ardieran las mejillas. Cerró los ojos y rezó en silencio para que Jake no apareciera en North Lake hasta que ella se hubiera marchado.
Seguramente estaba a muchos kilómetros de allí, pensó. Compartiendo la cama con otra mujer, quizá. Frunció el ceño por la punzada de celos que la traspasó. La pasión que sentía por Jake se había consumido mucho tiempo atrás. No, no podían ser celos… Era algo más parecido a la envidia, por haberse imaginado a Jake feliz y enamorado.
Probablemente tendría todo lo que siempre había deseado en la vida, mientras que ella aún intentaba averiguar qué necesitaba para ser feliz.
Siempre había pensado que tendría las respuestas cuando llegara a los treinta. Pero estaba a punto de cumplir los veintinueve. El tiempo se agotaba.
Tal vez una semana lejos de Nueva York y de la vida que se había construido le diera un poco de perspectiva. Bostezó y se echó un brazo sobre los ojos. Tendría tiempo para pensarlo por la mañana. Ahora necesitaba dormir.
El sonido de un móvil despertó a Jake Burton de un sueño plácido y profundo. Gruñó y se dio cuenta de que la melodía electrónica no correspondía a su móvil. Y entonces sintió la presencia de un cuerpo cálido junto a él.
Al principio pensó que estaba soñando, pero el peso de la pierna sobre sus muslos era completamente real, así como el olor a cítricos de sus cabellos. Intentó mover el brazo y comprobó que ella tenía la cabeza acurrucada contra su hombro.
