«Un nombre», se dijo a sí mismo. Estaba en la cama con una mujer de la que no podía recordar su nombre. Había tenido muchas aventuras de una sola noche en su vida, pero últimamente había renunciado a ellas.

El teléfono siguió sonando, hasta que la melodía cesó bruscamente. ¿Dónde se habían conocido? ¿Dónde había estado la noche anterior? Esperó que lo invadieran los síntomas de la resaca, pero estaba seguro de no haber bebido. Pero entonces, ¿por qué no recordaba a aquella mujer?

– Piensa -susurró mientras abría lentamente los ojos. Al principio no supo dónde estaba, pero entonces lo recordó. Estaba en casa de los Lambert. En el dormitorio de Emma. Pero entonces, ¿quién demonios estaba en la cama con él? ¡No podía ser su futura cuñada!

Se apoyó en el codo y miró el reloj. Eran las seis de la mañana. Bajó la mirada a su compañera de cama y con mucho cuidado le apartó el pelo ondulado del rostro.

– Maldita sea… -masculló, retirando la mano. Habían pasado años… once, para ser exactos, pero jamás podría olvidar su hermoso perfil, su nariz pecosa y respingona, su piel perfecta y sus largas pestañas.

Seguía exactamente igual a como él la recordaba, sólo que Caley Lambert ya no era una adolescente desgarbada, sino una mujer adulta. Bajó la mirada a sus labios, suaves, carnosos y ligeramente entreabiertos. Una mujer adulta y muy, muy sexy. Pero ¿qué demonios hacía en su cama?

Reprimió el impulso de tocarle la cara. Dios, cómo recordaba aquellos impulsos… ¿Cuántas veces había sentido el deseo de besar a Caley Lambert? ¿Cien, doscientas? Cuando ella cumplió dieciocho años, Jake necesitó toda su fuerza de voluntad para contenerse, y la única forma de conseguirlo había sido evitándola deliberadamente.

Pero ahora que tenía la oportunidad… ¿por qué no aprovecharla? ¿Por qué no descubrir lo que se había estado perdiendo durante tantos años?



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