
Sonrió. Había conocido a Caley desde muy joven, y sabía que era tal y como se mostraba. Seguro que seguía siendo tan cabezota y decidida como había sido de pequeña. Dios, cuánto la había admirado… Era la única chica que se había atrevido a desafiarlo.
La mano de Caley bajó por su espalda, y la palma cálida y suave se deslizó bajo el elástico de sus calzoncillos. Jake contuvo la respiración mientras ella avanzaba con los dedos hacia la cadera. No se había despertado con una erección, pero lo había remediado rápidamente al besarla.
La colocó debajo de él, con los dedos aún entrelazados en sus cabellos, y unió su boca a la suya. Sus caderas se frotaron y la erección de Jake quedó aprisionada entre los cuerpos. Había algo excitante y prohibido en aquellas caricias.
– Jake -susurró ella.
El sonido de su nombre en los labios de Caley fue como alimentar un fuego con gasolina. El deseo se avivó y el beso se hizo más voraz y apasionado.
Era Caley, la chica a la que había conocido desde siempre y a la que había procurado evitar a toda costa. Pero ahora podía ser suya, allí, en esa cama. No había nada que pudiera detenerlos. El momento nunca había sido el adecuado, pero su instinto le decía que la ocasión perfecta había llegado.
Mientras la besaba, se vio atrapado en una fantasía mil veces revivida en sus sueños. Deslizó la mano bajo su camiseta y le acarició el pezón con el pulgar a través del sujetador. Ella se estremeció y se arqueó contra él, pero sin abrir los ojos. Un pensamiento inquietante asaltó a Jake, y por un momento temió que estuviera dormida y soñando. Se apartó y la observó atentamente mientras seguía acariciándole el pecho.
– ¿Caley?
– ¿Jake? -murmuró ella.
– Abre los ojos.
Ella los abrió y lo miró fijamente. Al principio con una expresión vacía, y enseguida con desconcierto.
– Buenos días -murmuró él.
Caley frunció el ceño y se frotó los ojos con los puños. Un grito de pánico salió de sus labios, se apartó de él con un empujón y se cayó de la cama, con las piernas desnudas enredadas en el edredón.
