En invierno ofrecía una imagen aún más pintoresca. El tejado cubierto de nieve, los carámbanos colgando de los canalones sobre la blanca fachada de madera… Mirándola, Caley supo que sería imposible trabajar mientras estuviera allí con su familia. Y aunque necesitaba un respiro laboral, sabía que no podía permitírselo. De modo que había reservado una habitación para la noche siguiente en el hotel del pueblo. Entre los tres niños de Evan y el escándalo de su ruidosa familia, Caley estaba convencida de que necesitaría un lugar donde refugiarse.

Salió del coche y agarró las bolsas del asiento trasero. No pudo evitar una mirada por encima del hombro hacia la casa de los Burton. Había una luz encendida en la cocina, pero el resto estaba a oscuras. Sin duda Ellis y Fran Burton estarían en la fiesta de aniversario, pero aunque no había ningún motivo para invitar también a sus hijos, Caley se preguntó si habría alguna posibilidad de ver a Jake… y qué ocurriría si así fuera. ¿Se acordaría Jake de aquella noche en la playa, o se comportaría como si nada hubiera sucedido?

Habían pasado once años, pensó Caley. Era hora de dejarlo atrás. Se había enamorado siendo una cría, y no había vuelto a ver a Jake desde la noche antes de marcharse a la Universidad de Nueva York. Hasta ahora, el recuerdo de aquella noche siempre la había sumido en el remordimiento y la humillación. Pero ahora eran adultos, y si él quería revivir aquella indiscreción adolescente, ella tendría que negarse. Jake había cometido muchos errores en su juventud y no querría sacarlos a la luz delante de su familia. Caley intentó recordar algunos de ellos por si acaso necesitaba algo con lo que atacar.

Se habían metido en toda clase de problemas. Incluso ahora, Caley seguía sorprendiéndose de no haber acabado siendo una delincuente juvenil. Pero Jake y ella habían formado una pareja y ella había sido la única de los Burtbert que había aceptado sus desafíos.



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