– Para comprobar que eres tú.

– Soy yo, así que vale ya -le dijo-. Ah, aquí está la carpeta, por fin.

– ¿Qué has hecho?

– Eso ya lo has preguntado.

– Y sigo esperando una respuesta.

Ella dejó caer los hombros un segundo, pero luego se enderezó. No tenía por qué avergonzarse, y menos ante Brandon, que siempre había elogiado su capacidad de trabajo y de resolución de problemas.

– Me he hecho un pequeño cambio de imagen.

– ¿Pequeño?

– Sí. He perdido unos kilos, me he cortado el pelo y me he puesto lentillas. Nada importante.

– Pues yo diría que sí. Ni siquiera pareces tú.

– Claro que parezco yo -Kelly no iba a mencionar la semana pasada en un lujoso establecimiento termal ni las clases privadas de etiqueta y dicción.

– Pero llevas puesto un vestido -acusó él.

Kelly se miró y luego alzó la vista.

– Sí, cierto. ¿Eso es un problema?

– No. Dios, no -incómodo, dio un paso hacia atrás-. No es problema. Te queda genial. Es solo que… tú no llevas vestidos.

– Ahora sí -a Kelly la sorprendió que lo hubiera notado. Esbozó una sonrisa resuelta.

– Supongo -dubitativo, escrutó su rostro-. Bien, como dije antes, tienes un aspecto genial.

– Gracias. Me siento genial.

– Sí. Eso es genial -asintió con la cabeza, apretó los dientes y soltó el aire con fuerza.

Kelly se preguntó por qué seguía frunciendo el ceño si todo era tan genial.

– ¡Ah! -dijo, sintiéndose ridícula. Le ofreció la carpeta-. Aquí está el informe de Dream Coast. Sus manos se rozaron un instante y ella sintió que un extraño cosquilleo le recorría el brazo.

– Gracias -el ceño de Brandon se acentuó.

– De nada.

– Es genial que estés de vuelta -dijo Brandon.

– Gracias -Kelly se planteó hacer un recuento de geniales-. Tendré las cifras de ventas mensuales calculadas en veinte minutos.

Él cerró la puerta y ella se hundió en su silla. Levantó la taza de café y tomó un largo trago.



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