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Brandon dejó la carpeta de Dream Coast en el escritorio y siguió andando hasta una de las paredes, acristalada de suelo a techo. Su equipo y él ocupaban la suite del propietario, en la última planta del Mansion Silverado Trail, y nunca se cansaba de las vistas. Cuando contemplaba las suaves colinas de viñedos chardonnay se enorgullecía del éxito familiar.

Había captado un leve aroma a flores y especias en el aire. No estaba acostumbrado a que su ayudante llevara perfume, o no lo había notado antes, pero el olor lo llevó a imaginar una fresca habitación de hotel y una rubia ardiente. Desnuda. Entre las sábanas. Debajo de él.

Kelly. Aún la olía. Maldijo para sí.

Había hecho el tonto mirándola boquiabierto, como si ella fuera un filete jugoso y él un perrito muerto de hambre. Se había quedado mudo. Y luego se había repetido como un loro. Pero la culpa era de ella. Había conseguido desconcertarlo del todo, y eso nunca le ocurría a Brandon Duke.

Movió la cabeza. Kelly no había necesitado ningún cambio de imagen. Estaba bien como era: profesional, inteligente, discreta. Nunca suponía una distracción.

A Brandon no le gustaban las distracciones en su lugar de trabajo. En la oficina solo se dedicaba a los negocios. Tras diez años siendo una estrella de la liga de fútbol, sabía que las distracciones arruinaban el juego. Desviar la vista de la pelota un segundo podía suponer acabar enterrado bajo un montón de hombretones enormes y rudos.

Brandon apoyó una mano en el cristal. ¿Quién sabía que su eficiente ayudante ocultaba curvas impresionantes y unas piernas de primera bajo los habituales trajes pantalón? ¿Y que sus ojos eran tan grandes y azules que un hombre podría perderse en ellos?

Más inquietante aún era su nuevo pintalabios. Tenía que ser nuevo, o él se habría fijado antes en los labios carnosos y en esa boca tan sexy. Casi había derramado el café al contemplarlos.



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