
Y el vestido se pegaba a cada curva de su lujurioso cuerpo. Curvas cuya existencia había desconocido. Aunque la veía en el gimnasio del hotel a menudo, siempre llevaba pantalones de chándal y camisetas enormes. Imposible adivinar que escondía un cuerpo como ese bajo las prendas sudadas. Había estado engañándolo a propósito.
– No seas ridículo -se reconvino. Pero lo cierto era que su discreta y trabajadora ayudante era un monumento. Y eso le parecía una traición.
Unos minutos antes, cuando sus manos se habían rozado, había sentido una especie de corriente eléctrica. El recuerdo de la sensación de piel contra piel hizo que se excitara.
– El cambio es bueno -rezongó con sarcasmo, volviendo a su escritorio. No. El cambio no era bueno. Estaba acostumbrado a que Kelly llevara el cabello de color anodino recogido en una coleta o en un moño. Y se había convertido en una cascada de color miel que caía por sus hombros y espalda. Cualquier hombre desearía hundir las manos en ese pelo mientras se daba un festejo con sus lujuriosos labios. Su excitación se disparó.
Intentó controlarla abriendo la carpeta y buscando el documento que necesitaba. Sin éxito.
– Esto es inaceptable -farfulló, molesto.
Se negaba a perder la sensación de decoro y orden que siempre había imperado en la oficina. El trabajo era demasiado exigente, y Kelly una parte demasiado importante del equipo para permitir que se convirtiera en una distracción. O, más bien, en una atracción.
Mejor poner fin al asunto de inmediato. Pulsó el botón intercomunicador.
– Kelly, por favor, ven aquí.
– Ahora mismo -contestó ella. Siete segundos después entraba al despacho con una libreta.
– Siéntate -dijo él, poniéndose en pie y paseando, para evitar mirarle las piernas. No se fiaba de sí mismo-. Tenemos que hablar.
– ¿Qué ocurre? -preguntó ella, alarmada.
– Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro, ¿no es cierto?
