
El segundo dossier era mucho más delgado. En realidad, en la carpeta no había nada sino las fotografías, y en el rótulo decía: Ver Martino, L.A. (?). Las fotografías mostraban a un hombre musculoso con amplias cicatrices que, como un chal hecho de cuerda, se deslizaban diagonalmente desde su costado izquierdo, a través del pecho, por su espalda y por sus hombros. Su brazo izquierdo estaba mecánicamente levantado hasta lo alto del hombro y parecía haber sido injertado directamente en su musculatura pectoral y dorsal. Tenía espesas cicatrices alrededor de la base del cuello, y una cabeza metálica.
Rogers se levantó de detrás de la mesa y miró a los hombres del equipo especial que permanecían a la espera.
—¿Bien?
Barrister, el inglés perito en servomecanismos, se quitó de los dientes el extremo de la pipa.
—No sé. Es completamente difícil decir algo, definitivo sobre la base de unas pruebas que sólo han durado unas cuantas horas. — Respiró hondamente —. Si quiere que me exprese con entera exactitud, le diré que estoy haciendo pruebas, pero que no tengo idea alguna de lo que mostrarán, si es que muestran algo, o si ello será pronto o tarde. — Hizo un ademán de desesperación —. No hay manera alguna de penetrar en alguien que se encuentra en esa condición. No nos ha sido posible penetrar su superficie. La mitad de nuestros instrumentos resultan inútiles. Hay tantos componentes eléctricos en sus partes mecánicas que, todas las lecturas que tomamos, son enormemente borrosas. Ni siquiera podemos hacer una cosa tan simple como determinar el amperaje que han utilizado. Cada vez que realizamos una prueba, le producimos daño. — Bajó la voz en tono de excusa —. Le hace gritar.
