
—Rogers, ¿qué es lo que ocurre? ¿Qué es lo que anda mal? Sus oficinas no se hallan equipadas para un proyecto como ése.
—Lo siento, señor. No me atrevo a trasladarlo. En esta ciudad hay demasiados lugares sensitivos. Lo he traído aquí y lo he introducido en una celda. He tomado todas las malditas precauciones posibles para que ni siquiera se acerque a mi oficina. Dios sabe en pos de qué va, o qué puede ser capaz de hacer.
—Rogers… ¿ha atravesado Martino esta noche la frontera o no la ha atravesado?
Rogers vaciló.
—No lo sé — contestó.
Rogers hizo caso omiso de la habitación llena de hombres que esperaban y permaneció mirando los dos dossiers, no tanto pensando como agrupando sus energías.
Ambos dossiers estaban abiertos en la primera página. Uno era grueso, y estaba lleno de los resultados de una investigación de seguridad, de informes, de resúmenes sobre el progreso de la carera y de todos los demás datos que a lo largo de los años se acumulan en torno a un empleado del gobierno. En un rótulo decía: Martino, Lucas Anthony. La primera página se componía de los acostumbrados datos de identificación: altura, peso, color de los ojos, color del cabello, fecha de nacimiento, huellas dactilares, plano dental, marcas o cicatrices capaces de distinguirle. Había una serie de fotografías que le habían sido tomadas desnudo. Eran la parte delantera, la parte trasera y los dos perfiles de un hombre musculoso de rasgos controlados y agradablemente inteligentes y de nariz ligeramente gruesa.
