Rogers hizo una mueca.

—¿Pero es Martino?

Barrister se encogió de hombros.

De repente Rogers dejó caer el puño contra la superficie de su mesa.

—¿Qué demonios vamos a hacer?

—Emplear un abrelatas — sugirió Barrister.

En el silencio que siguió, Finchley, que tenía la misión de ayudar a Rogers por encargo del Federal Bureau of Investigation americano, dijo:

—Vean esto.

Tocó un interruptor y el proyector cinematográfico que había traído comenzó a zumbar mientras él se movía para ir apagando las luces de la habitación. Apuntó el proyector hacia una pared blanca e hizo que la película comenzara a girar.

—Ha sido tomada desde encima de su cabeza — explicó —. Con luz infrarroja. Creemos que no ha podido verla. Creemos que estaba dormido. Martino — Rogers tenía que pensar en él dándole ese nombre contra su voluntad — vacía en la litera. La media luna visible de su cara se hallaba cerrada desde el interior, y no había sino los bordes de un flexible trenzado para marcar sus contornos. Debajo, la venda, centrada justamente sobre la aguda curva de la mandíbula, estaba abierta de par en par. La impresión que producía era la de un hombre sin cabello con los ojos cerrados y respirando a través de la boca. Tuvo la sensación de que ese hombre no respiraba.

—Esto ha sido tomado hacia las dos de hoy — dijo Finchley —. Ha permanecido en esa litera durante un poco más de hora y media.

Rogers frunció el ceño ante el matiz de frustración que captó en la voz de Finchley. Sí, era pavoroso no poder decir sí un hombre dormía o no. Pero no merecía la pena obrar si todos iban a permitir que se desequilibraran sus nervios. Estuvo a punto e decir algo al respecto, pero de pronto se dio cuenta de que le dolía el pecho. Relajó los hombros y sacudió la cabeza.

En la película se produjo un sonido.



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