Se estremeció. El teléfono sonó en la sala de estar.

Salió de la bañera, se apoyó cuidadosamente en el borde y se envolvió en una de las grandes toallas del tamaño de una manta, las cuales se iba a llevar consigo a los Estados si alguna vez lo destinaban allí. Se dirigió a la mesita donde estaba el teléfono y tomó el aparato.

—¿Diga?

—¿Mr. Rogers?

Reconoció la voz de uno de los telefonistas del Ministerio de la Guerra.

—Sí.

—Mister Deptford desea hablar con usted. No cuelgue, por favor.

—No.

Esperó, lamentando que el paquete de los cigarrillos estuviera al otro lado de la habitación, junto a la cama.

—¿Shawn? En su oficina me han dicho que estaba en casa.

—Sí, señor. Empezaba ya a serme difícil mantener encima la camisa.

—Estoy aquí, en el ministerio. Hace apenas un instante que he hablado con el subsecretario de Seguridad. ¿Cómo van las cosas en ese asunto de Martino? ¿No ha llegado aún a ninguna conclusión definitiva?

Rogers pensó en los términos de su respuesta.

—No, señor. Lo siento. Hasta ahora no hemos dispuesto sino de un día.

—Sí, lo sé. ¿Tiene usted idea de cuánto tiempo más necesitará?

Rogers frunció el ceño. Tenía que calcular cuánto tiempo podrían desear malgastar.

—Yo diría que nos llevará una semana — contestó, albergando una esperanza.

—¿Tanto?

—Me temo que sí. El equipo se ha formado y trabaja con regularidad ahora, pero las cosas están resultando sumamente difíciles. Es como un enorme huevo.

—Ya veo. — Deptford respiró hondamente de una forma que se oyó con mucha claridad a través del teléfono —. Shawn, Karl Schwenn me pregunta si sabe usted lo muy importante que es para nosotros Martino.



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