
—Mírelos — dijo avinagradamente el hombre del Ministerio de Asuntos Exteriores —. No se preocupan de lo que hacemos. No les importa que nos hayamos presentado aquí con una escuadra armada.
El hombre del Ministerio de Asuntos Exteriores era de Ginebra, que se encontraba a quinientos kilómetros de distancia. Rogers llevaba ya siete años en aquel sector. Se encogió de hombros.
—Todos somos viejos conocidos. Hace ya cuarenta años que se encuentra aquí esta frontera. Saben que no vamos a comenzar a disparar, y también nosotros sabemos que no van a emplear las armas. No es aquí donde se libra la guerra.
Miró de nuevo a los agrupados soviéticos, y recordó una canción que había oído años antes: «Da el derecho a hablar al camarada con la metralleta». Se preguntó si, al otro lado de la frontera, conocían ellos esa canción. Eran muchas las cosas referentes al otro lado de la frontera que deseaba saber. Pero sus esperanzas eran escasas.
La guerra se libraba a través de los archivos de todo el mundo. Las armas eran la información:
Las cosas que uno sabía, las cosas que uno descubría sobre ellos, las cosas que ellos sabían sobre ti. Las naciones aliadas enviaban agentes al otro lado de la frontera, o bien hacía años que los tenían allí, y procedían con los medios a su disposición.
No muchos de esos agentes conseguían obtener abundante información. De forma que era preciso reunir todos los informes que se recibían, esperando que no fuesen demasiado erróneos, y al final, si uno era listo, sabía lo que los soviéticos iban a hacer en su próxima maniobra.
También ellos se habían infiltrado a este lado de la frontera.
