
El hombre del Ministerio de Asuntos Exteriores trataba de sofocar su impaciencia hablando.
—¿Por qué diablos le dimos a Martino un laboratorio situado tan cerca de la frontera?
Rogers sacudió la cabeza.
—No lo sé. Yo no soy el encargado de las cuestiones estratégicas.
—Bien, ¿por qué no conseguimos enviar un equipo de rescate justamente después de haberse producido la explosión?
—Lo enviamos. Sólo que el de ellos llegó primero. Se movieron más de prisa y por eso pudieron llevárselo.
Se preguntó si había sido una simple cuestión de suerte.
—¿Por qué no hemos podido arrancarlo de sus garras?
—Mis tácticas no se desenvuelven en ese nivel. Sin embargo, supongo que nos hubiera procurado complicaciones raptar de un hospital a un hombre gravemente herido.
—Y el hombre era de nacionalidad americana. ¿Qué si hubiese muerto? Los equipos de la propaganda soviética hubieran puesto manos a la obra para demoler a los americanos, y al ser convocado el Congreso del G.N.A. ninguna de las naciones aliadas se habría apresurado a aportar su parte para el presupuesto de los siguientes años.
Rogers gruñó. Esa era la clase de guerra que estaban librando.
—Creo que es una situación ridícula. Un hombre importante como Martino se encuentra en sus manos, y nosotros no podemos hacer nada. Es absurdo.
