—En situaciones así es en las que tienen ustedes que intervenir, ¿no?

El representante del Ministerio de Asuntos Exteriores le dio otro giro a la conversación.

—Me pregunto cómo se lo está tomando. Tengo entendido que quedó en muy malas condiciones después de la explosión.

—Bien, ahora es un convaleciente.

—Me han dicho que perdió un brazo. Pero supongo que ellos se habrán ocupado de eso. Son Muy buenos en prótesis, ¿sabe? Ya allá por el mil novecientos cuarenta mantenían vivas cabezas de perro con corazones mecánicos y cosas así.

—Hum.

«Un hombre desaparece al otro lado de la frontera», estaba pensando Rogers, «y envías agentes para que den con él. Poco a poco, empiezan a llegar los informes. Ha muerto, dicen. Ha perdido un brazo, pero vive. Está moribundo. No sabemos dónde se encuentra. Ha sido trasladado a Novoya Moskva. Se halla aquí mismo, en esta ciudad, en un hospital. Al menos, tienen a alguien en un hospital de aquí. ¿En qué hospital?»

Nadie lo sabía. Y no había posibilidad de descubrir más. Lo que se sabía había sido pasado al Ministerio de Asuntos Exteriores, y las negociaciones habían comenzado. Los de este lado habían cerrado los puestos fronterizos. Los del otro bando casi habían derribado un avión aliado. Los aliados habían aprisionado a algunos barcos pesqueros. Y al final, no a causa de lo que habían hecho los de este lado, sino por alguna razón que sólo ellos conocían, los del otro bando habían dado su brazo a torcer.

Y durante todo este tiempo, un hombre del bando aliado había permanecido en uno de sus hospitales, roto y herido, esperando a que sus amigos hicieran algo por él.

—Circula el rumor de que se hallaba a punto de acabar algo llamado K-Ochenta y ocho — continuó el representante del Ministerio de Asuntos Exteriores —. Teníamos orden de no ejercer demasiada presión, por temor a que se diesen cuenta de lo muy importante que es. Pero naturalmente, era preciso que lo recuperáramos, de forma que tampoco podíamos ser demasiado suaves. Un delicado asunto.



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