
—Lo comprendo.
—¿Cree usted que han conseguido arrancarle el secreto del K-Ochenta y ocho?
—En su bando tienen a un hombre llamado Azarín. Es muy diestro en esas cosas.
«¿Cómo puedo saberlo yo hasta que no haya hablado con Martino? Pero Azarín es condenadamente diestro. Y me pregunto si todos esos rumores no debieran ser evitados a toda costa.»
Al otro lado de la entrada con portillo dos faros resplandecieron, giraron hacia un lado y se detuvieron. La portezuela trasera de un Tatra fue abierta bruscamente, y al mismo tiempo uno de los guardias soviéticos se acercó a la entrada con portillo y empujó la barrera. El sargento de la PM aliada dio una orden para que sus hombres quedasen en posición de firmes.
Rogers y el representante del Ministerio de Asuntos Exteriores descendieron de su coche.
Un hombre se apeó del Tatra y se aproximó a la entrada con portillo. Vaciló en la línea fronteriza y después caminó de prisa entre las dos filas de hombres de la PM.
—¡Santo Dios! — musitó el representante del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Las luces de los faros arrancaron como una llovizna de reflejos azulados del hombre, que acababa de cruzar la frontera. En su mayor parte era metal.
Traía uno de los informes y parduscos trajes civiles soviéticos, zapatos toscos y camisa a rayas pardas. Las mangas del traje eran demasiado cortas, y por ellas sobresalían mucho sus manos. Una era de carne y la otra no. Su cráneo era un ovoide de pulido metal completamente sin facciones, exceptuando una reja en el lugar donde debiera haber estado su boca, y unas cavidades en forma de media luna, curvándose hacia arriba en los extremos, por donde sus ojos atisbaban. Al final de las dos filas de soldados se inmovilizó, y pareció sentirse incómodo. Rogers se acercó a él, y le tendió la mano.
