—¿Lucas Martino?

El hombre asintió con la cabeza.

—Sí.

Era su mano derecha la que se encontraba en buenas condiciones. La tendió y Rogers se la estrechó. Su apretón fue fuerte y ansioso.

—Me alegra encontrarme aquí.

—Mi nombre es Rogers. Este señor es mister Haller, del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Haller estrechó mecánicamente la mano de Martino, mirándolo con fijeza.

—¿Cómo está usted? — preguntó Martino.

—Muy bien, gracias — balbuceó el representante del Ministerio de Asuntos Exteriores —. ¿Y usted?

—El coche está ahí, mister Martino — terció Rogers —. Pertenezco a la oficina de Seguridad del sector. Le agradecería que viniese conmigo. Cuanto antes le entreviste, antes habrá acabado todo esto.

Rogers tocó el hombro de Martino y le empujó ligeramente hacia el sedán.

—Sí, desde luego. No hay necesidad alguna de que nos demoremos.

El hombre caminó con el mismo paso rápido de Rogers y montó en el coche antes que él. Haller penetró por el otro lado para colocarse junto a Martino, y entonces el conductor hizo girar el coche y emprendió la marcha hacia la oficina de Rogers. Detrás de ellos, los hombres de la PM se instalaron en sus jeeps y los siguieron. Rogers miró hacia atrás a través de la ventanilla trasera del coche. Los guardias fronterizos soviéticos los seguían con la mirada.

Martino permanecía rígidamente sentado contra el tapizado, las manos sobre el regazo.

—Es maravilloso regresar — dijo con voz esforzada.

—Cualquiera pensaría así — dijo Haller —. Después de lo que esos…

—Creo que mister Martino no ha dicho lo que considera que se espera digan las personas que se encuentran en su situación. Dudo muchísimo que le parezca maravilloso nada.

Haller observó con cierta sorpresa a Rogers.



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