
—Ha sido usted completamente rudo, mister Rogers.
—Me siento rudo.
Martino miró al uno y después al otro.
—Por favor, que no sea yo quien les obligue a discutir — dijo. — Lamento ser causa de disturbio. ¿No será de alguna ayuda el que les diga que sé qué aspecto ofrezco y que por ahora estoy acostumbrado a él?
—Lo siento — repuso Rogers —. No era mi propósito enzarzarme en una disputa a causa de usted.
—Por favor, acepte mis excusas también — añadió Haller —. Me doy cuenta de que, a mi propia manera, también yo he sido tan rudo como mister Rogers.
Martino dijo:
—Y de esta manera, nos hemos ofrecido excusas los unos a los otros.
«Así es», pensó Rogers. «Todo el mundo está contrito.»
Ascendieron por la rampa que servía de puerta lateral del edilicio donde estaba instalada la oficina de Rogers, y el conductor detuvo el coche.
—Muy bien, Mister Martino, aquí es donde nos apeamos — dijo Rogers —. Haller, ¿usted comenzará a trabajar en seguida en su oficina?
—Inmediatamente, mister Rogers.
—De acuerdo. Supongo que su jefe y mi jefe podrán comenzar a establecer un plan de acción con respecto a esto.
—Estoy completamente seguro de que el papel de mi ministerio en este caso ha concluido una vez que mister Martino ha regresado a salvo — replicó delicadamente mister Haller —. Mi intención es irme a la cama después de que haya hecho mi informe. Buenas noches, Rogers. Ha sido un placer trabajar con usted.
—Gracias.
Se estrecharon la mano brevemente. Rogers se apeó del coche detrás de Martino y penetró con él a través de la puerta lateral.
—Se ha desembarazado de mí más bien de prisa, ¿no? — comentó Martino mientras Rogers le dirigía hacia una escalera que conducía al sótano.
Rogers gruñó:
—Por esta puerta, por favor, mister Martino.
Salieron a un estrecho corredor con puertas a ambos lados, con un linóleo gris en el suelo y paredes de cemento pintadas. Rogers se detenía durante un momento en cada una de las puertas y las miraba.
