
—Creo que esta servirá. Por favor entre conmigo, mister Martino.
Se sacó del bolsillo un manojo de llaves y abrió la puerta.
La habitación era pequeña. Había una litera colocada contra una de las paredes, pulcramente hecha con una almohada blanca y una manta del ejército muy estirada. Había también una mesa pequeña y una silla. Una lámpara iluminaba la habitación, y en una de las paredes había dos puertas, una que conducía a un reducido tocador y la otra a un compacto cuarto de baño.
Martino miró en torno suyo.
—¿Aquí es donde celebra siempre sus entrevistas con los que regresar del otro lado de la frontera? — preguntó suavemente.
Rogers sacudió la cabeza.
—Me temo que no. Tendré que pedirle que por el momento permanezca aquí.
Salió de la habitación sin darle a Martino tiempo a reaccionar. Cerró la puerta y le echó la llave. Se tranquilizó un poco. Se reclinó contra la sólida puerta de metal y encendió un cigarrillo, con sólo un ligero temblor en la punta de los dedos. Después echó a andar rápidamente pasillo abajo hacia el ascensor automático para subir al piso donde se encontraba su oficina. Cuando encendió las luces, torció la boca al pensar en lo que dirían sus hombres cuando comenzara a llamarlos, obligándolos con ello a abandonar la cama.
Tomó el aparato telefónico que había sobre su mesa. Pero primero tenía que hablar con Deptford, el jefe del distrito. Marcó el número.
Deptford contestó en seguida.
—¿Diga?
Rogers había esperado encontrarlo despierto.
—Rogers, mister Deptford.
—Hola, Shawn. Estaba esperando su llamada. ¿Ha ido todo bien con Martino?
—No, señor. Necesito que un equipo de emergencia se presente aquí lo más de prisa posible.
